viernes, 25 de mayo de 2018

6. El espejo en el espejo

Texto: Michael Ende en El espejo en el espejo
Imagen: Edgar Ende


La dama corrió la cortina negra de la ventana de su coche y preguntó:
- ¿Por qué no vas más de prisa? ¡Ya sabes lo que significa para mí llegar a tiempo a la fiesta!

El cochero cojo se inclinó desde el pescante hacia ella y contestó:
- Hemos entrado en un convoy, madame. Yo tampoco sé cómo. Seguramente me quedé un poco dormido. Sea como fuere, está ahí de pronto esa gente que nos atasca la carretera.

La dama se asomó a la ventana. Efectivamente, la carretera estaba ocupada por una larga comitiva. Eran niños y viejos, hombres y mujeres, todos vestidos con extravagantes y multicolores trajes de saltimbanquis, con sombreros fantásticos sobre las cabezas y grandes fardos a las espaldas. Algunos iban montados sobre mulas, otros sobre grandes perros o avestruces. Entremedias traqueteaban también carros de dos ruedas, cargados hasta arriba con cajas y maletas o carros entoldados en los que iban familias.

- ¿Quiénes sois? —preguntó la dama a un muchacho vestido de arlequín que caminaba al lado del coche. Llevaba una pértiga al hombro cuyo extremo llevaba una muchacha de ojos almendrados vestida como una china. De la pértiga colgaban toda clase de enseres domésticos, encima iba sentado un pequeño mono que tenía frío—. ¿Sois un circo?
- No sabemos quiénes somos —dijo el muchacho—. No somos un circo.
- ¿De dónde venís? —quiso saber la dama.
- De las Montañas del Cielo —respondió el muchacho—, pero de eso hace ya mucho tiempo
- ¿Y qué hacíais allí?
- Eso era antes de que yo viniese al mundo. Yo nací por el camino.

Ahora intervino en la conversación un viejo que llevaba un gran laúd o teorbe a la espalda:

- Allí representábamos el Espectáculo Ininterrumpido, bella dama. El niño no puede saberlo. Era un espectáculo para el sol, la luna y las estrellas. Cada uno de nosotros estaba sobre una cumbre distinta y nos gritábamos las palabras. Actuábamos sin cesar, pues aquel espectáculo mantenía unido al mundo. Pero ahora lo ha olvidado ya también la mayoría de nosotros. Hace ya demasiado tiempo.
- ¿Por qué dejasteis de representarlo?
- Había sucedido una gran desgracia, bella dama. Un día nos dimos cuenta de que faltaba una palabra. Nadie nos la había robado, tampoco la habíamos olvidado. Sencillamente ya no estaba. Pero sin esa palabra no podíamos seguir actuando, porque ya nada daba sentido. Era precisamente la palabra por la que todo se relaciona con todo. ¿Comprende, bella dama? Desde entonces viajamos de un lado a otro para encontrarla de nuevo.
- ¿Por la que todo se relaciona con todo? —preguntó la dama, asombrada.
- Sí —dijo el viejo, asintiendo serio con la cabeza—, seguro, bella dama, que usted también se habrá dado cuenta ya de que el mundo sólo se compone de fragmentos que no tienen nada que ver los unos con los otros. Eso es así desde que perdimos la palabra. Y lo peor es que los fragmentos se siguen descomponiendo y quedando cada vez menos cosas que guarden relación entre si. Si no encontramos la palabra que reúna todo con todo, un día el mundo se pulverizará por completo. Por eso viajamos y la buscamos.
- ¿Creéis acaso que la encontraréis un día?

El viejo no contestó, aceleró sus pasos y la adelantó. La muchacha de los ojos almendrados que caminaba ahora junto a la ventana de la dama, explicó tímidamente: 

- Escribimos la palabra sobre la superficie de la tierra con el largo camino que recorremos. Por eso no nos quedamos en ningún sitio.
- Ah —dijo la dama—, ¿entonces sabéis siempre a dónde tenéis que ir?
- No, nos dejamos guiar.
- ¿Y quién o qué os guía?
- La palabra —contestó la muchacha y sonrió como si pidiese disculpas.

La dama se quedó mirando a la niña durante largo tiempo, luego preguntó en voz baja:
- ¿Puedo ir con vosotros?

La muchacha no dijo nada, sonrió y adelantó despacio el coche siguiendo al muchacho que iba delante.
- ¡Alto! —gritó la dama a su cochero.

Este tiró de las riendas, se volvió y preguntó:
- ¿Quiere de verdad ir con ésos, madame?

La dama estaba sentada en los cojines, muda y derecha, mirando de frente. Poco a poco pasó el resto de la tropa junto al coche parado. Cuando pasó el último rezagado, la dama se apeó y siguió la comitiva con la mirada hasta que se perdió en la lejanía. Empezó a llover un poco.

- ¡Volvamos! —ordenó al cochero subiendo de nuevo—, regresamos. He cambiado de idea.
- ¡Gracias a Dios! —dijo el cojo—, ya creía que quería irse de verdad con ésos.
- No —contestó la dama sumida en pensamientos—, yo no les sería de utilidad. Pero tú y yo podemos dar fe de que existen y que les hemos visto.

El cochero hizo dar media vuelta a los caballos.
- ¿Puedo preguntar algo, madame?
- ¿Qué quieres?
- ¿Cree madame que encontrarán alguna vez esa palabra?
- Si la encuentran —contestó la dama—, el mundo tendría que transformarse de una hora a otra. ¿No lo crees? Quién sabe, tal vez seremos alguna vez testigos de ello. ¡Y ahora echa a andar!

5. El espejo en el espejo

Texto: Michael Ende en El espejo en el espejo
Imagen: vonhou


Pesado paño negro perdiéndose hacia los lados y hacia arriba en la oscuridad cuelga en pliegues verticales que movidos por una corriente de aire imperceptible ondean un poco de vez en cuando.

Le habían dicho que ése era el telón del escenario y que en cuanto empezase a alzarse, él debería iniciar inmediatamente su baile. Le habían inculcado que no se dejase confundir por nada, pues desde allí arriba se tenía a veces la impresión de que el patio de butacas no era más que un oscuro abismo vacío, otras veces parecía que se contemplaba el ajetreo de un mercado o una calle animada, un aula de colegio o un cementerio, pero que todo eso era una ilusión de los sentidos, en una palabra, que sin preocuparse lo más mínimo por la sensación que tuviese, por si alguien le miraba o no, empezase, al mismo tiempo que se alzaba el telón, a bailar su solo.

Así estaba, pues, allí, con una pierna cruzada sobre la otra, la mano derecha colgando, la izquierda apoyada sueltamente en la cadera esperando el comienzo. De tiempo en tiempo, cuando el cansancio le obligaba, cambiaba esa postura, convirtiéndose, por así decirlo, en su imagen inversa reflejada.

Todavía no quería alzarse el telón.

La poca luz que venía de algún lugar en lo alto, se concentraba sobre él, pero apenas era lo bastante fuerte para que él pudiese ver sus propios pies. El círculo de claridad que le rodeaba le permitía distinguir vagamente el pesado paño negro que tenía delante. Ese era el único punto de referencia para la dirección que tenía que seguir, pues el escenario se hallaba en absoluta oscuridad y era vasto como una llanura.

Se preguntó si había decorados y lo que podían representar. Para su baile no tenían mayor importancia, pero le hubiera gustado saber en qué entorno le iban a ver. ¿Un salón festivo? ¿Un paisaje? Sin duda, al alzarse el telón cambiaría de iluminación. Entonces también se aclararía esa cuestión. Estaba de pie esperando, con una pierna cruzada sobre la obra, la mano izquierda colgando, la derecha apoyada descuidadamente en la cadera. De tiempo en tiempo, cuando el cansancio le obligaba, cambiaba de postura, convirtiéndose de nuevo en la imagen inversa de su imagen reflejada.

No debía dejarse distraer, pues en cualquier momento podía alzarse el telón. Entonces tenía que estar presente con cuerpo y alma. Su baile comenzaba con un poderoso golpe de timbal y un furioso torbellino de saltos. Si se retrasaba en la entrada todo estaba perdido, nunca recuperaría el compás inicial. Mentalmente repasó una vez más todos los pasos, las piruetas, entrechats, jettés y arabesques.

Estaba satisfecho, tenía todo presente. Estaba seguro de que estaría bien. Ya oía crecer los aplausos como el dorado fragor del mar. También repasó una vez más el saludo, pues era importante. Quien lo hacía bien podía a veces prolongar considerablemente el aplauso. Mientras pensaba todo esto estaba de pie esperando, una pierna cruzada sobre la obra, la mano derecha colgando, la izquierda apoyada ligeramente en la cadera. De tiempo en tiempo, cuando el cansancio le obligaba, cambiaba de postura, transformándose de nuevo en la inversa imagen reflejada de su imagen reflejada.

El telón seguía sin alzarse y se preguntó cuál podría ser la causa. ¿Habían olvidado quizás que él ya estaba allí en el escenario, listo para empezar? ¿Le buscaban quizás en su camerino, en la cantina del teatro o incluso en su casa, le buscaban angustiados y desesperados? ¿Debía hacerse notar en la oscuridad del escenario, avisar o hacer una señal con la mano? ¿O no le buscaban y había sido aplazada la representación por algún motivo? ¿La habrían suspendido al final sin avisarle? Quizás se habían ido todos hacía tiempo sin acordarse de que él estaba allí esperando su actuación. ¿Cuánto tiempo llevaba ya allí? ¿Quién le había asignado además ese lugar? ¿Quién le había dicho que ése era el telón y que en cuanto se alzase debía iniciar su baile? Empezó a calcular cuántas veces se había convertido ya en su imagen reflejada y en la imagen reflejada de su imagen reflejada, pero inmediatamente se lo prohibió para no verse sorprendido por el súbito alzamiento del telón o quedarse mirando impotente al público sin recordar su papel. ¡No, tenía que permanecer tranquilo y concentrado! Pero el telón no se movía.

Poco a poco la feliz excitación inicial fue dando paso a una profunda amargura. Tenía la sensación de que estaban abusando de él. Tenía ganas de echar a correr del escenario para quejarse enérgicamente en alguna parte, para gritar a alguien a la cara su desilusión, su rabia, para armar un escándalo. Pero no sabía muy bien a dónde tenía que correr. Lo poco que veía del paño negro que tenía delante era su única orientación. Si abandonaba aquel lugar, andaría a ciegas en la oscuridad y perdería infaliblemente toda orientación. Y era muy posible que precisamente en ese instante se alzase el telón y sonase el golpe de timbal del comienzo. Y entonces estaría en un lugar totalmente incorrecto, con las manos extendidas como un ciego, quizás incluso de espaldas al público. ¡Imposible! La idea le hizo enrojecer de vergüenza. No, no, tenía que permanecer a toda costa donde estaba, quisiera o no, y esperar a que le diesen una señal, si es que se la daban. Así que estaba allí de pie, con una pierna cruzada sobre la otra, la mano izquierda colgando lacia, la derecha apoyada pesadamente en la cadera. De tiempo en tiempo, cuando el agotamiento le obligaba, cambiaba de postura, convirtiéndose por enésima vez en su imagen reflejada.

En algún momento perdió la fe en que el telón se alzase alguna vez, pero al mismo tiempo supo que no podía abandonar su sitio, ya que no podía descartarse la posibilidad de que a pesar de todo se alzase, contra todo pronóstico. Hacía tiempo que había desistido de abrigar esperanzas o de irritarse. Sólo podía seguir de pie donde estaba, sucediera lo que sucediera. Ya no le importaba su actuación, que se convirtiese en un éxito o un fracaso o que no tuviese lugar. Y como ya no le importaba nada su baile, olvidó uno tras otro todos los pasos y saltos. De tanto esperar, olvidó incluso por qué esperaba. Pero se quedó de pie con una pierna cruzada sobre la otra, ante sí el pesado paño negro que se perdía hacia arriba y hacia los lados en la oscuridad.

sábado, 5 de mayo de 2018

57. Diálogo sobre la muerte

Texto: Michael Ende en Carpeta de apuntes
Imagen: MADmoiselleMeli


 
A: Tu fe en que la vida individual, de un modo u otro, prosigue después de la muerte, resulta sólo de tu miedo ante la posibilidad de que la vida cese del todo.
 
B: Eso es un argumento psicológico y no filosófico, al que, por ser sólo una suposición, se le podría dar la vuelta: tu convicción de que con la muerte todo ha terminado quizás provenga sólo de tu miedo a lo que te espera después. Posiblemente, eso tú te lo imaginas de una forma que te hace desear que más valdría dejar de existir. Pero dejemos de lado esto, por ahora. Si hay vida después de la muerte, entonces el creer en ella corresponde a la verdad. Pero si no la hay, entonces de todos modos no tiene objeto el creerlo o no.

A: No, al revés, eso corresponde justamente a la realidad.

B: Si yo he dejado de existir ¿qué me importa a mí entonces la verdad?

A: No entonces: ¡ahora!

B: ¿Y qué me interesa a mí ahora una verdad que me dice que entonces ya no habrá verdad?


56. De qué hablan los cuentos

Texto: Michael Ende en Carpeta de apuntes
Imagen: Tanja


 
Los verdaderos cuentos no son unas historias fantásticas que el pueblo supersticioso e ignorante imaginara en tiempos remotos. El pueblo no se inventa tales cosas, pero las transmite textualmente de generación en generación porque percibe la verdad que contienen. Los cuentos auténticos informan sobre experiencias de un mundo real distinto (digamos, interior), dados a conocer por autores anónimos que sabían exactamente, hasta en el último de los detalles, lo que decían, como el hombre moderno, occidental, debido a su mentalidad abstracta se ve privado casi totalmente de la experiencia de esa otra realidad, interpreta esos informes –si es que los toma en cuenta- o bien históricamente (la bruja, el hijo del rey, el dragón, la espada mágica, etc.) o psíquicamente. Ambas interpretaciones me parecen erróneas o al menos, insuficientes.

El cuento no habla de un mundo exterior social, si se utilizan elementos de ese mundo, tan sólo es como metáfora de aquella otra realidad, allí existe la bruja, el hijo del rey, el dragón y la espada mágica, y existirán siempre. La interpretación psicológica me parece insuficiente porque suele entender esas coso sólo simbólicamente, parte por así decir de la idea de que la imagen del cuento es lo impropio que mediante la interpretación ha de ser transformado en lo propio, o sea en conceptos concretos para poder llegar al núcleo del asunto.

En la interpretación de lo sueños también se procede de esa manera, se introduce una lógica causal, que toma indudablemente cierta justificación para la realidad exterior esa otra realidad en la que rigen otras reglas y otra leyes totalmente distintas, y tampoco el tema de la crueldad, como en general la cuestión del bien y del mal, encaja allí con las ideas morales que son validas en el mundo exterior.

¿No nos queda, pues, ninguna posibilidad de entender los cuentos?

Pienso que si. En cada persona existe desde el origen la posibilidad de experimentar esa otra realidad, allí es posible plantear preguntas y pasar pruebas, eso presupone desde luego, que no se obtiene por todos los medios el acceso a esa realidad, sino que se cuida, se enseñan desde muy pronto los conocimientos relativos a ello, pero eso significaría naturalmente cambiar toda la dirección del pensamiento de nuestra civilización, que esta orientado exclusivamente hacia fuera, puede que en un futuro haya alguna vez escuelas en las que se enseñe el verdadero arte de soñar

domingo, 29 de abril de 2018

26. Las quejas de un monicaco

Texto: Michael Ende en El libro de los monicacos
Imagen: Tom McGrath


Cuando canto a pulmón lleno,
y no es tan malo mi estilo,
me advierten: “¡Menos escándalo!,
cantar está prohibido”.

Cuando vengo de jugar,
verdad que no muy limpio…,
dicen siempre: ¡Ten cuidado!
mnchar está prohibido

Si vestidos de astronauta
al tejado nos subimos,
pronto gritan desde abajo:
“¡Se terminó, prohibido!”

Si juego al futbol en casa,
y la alfombra no retiro,
“¡Guarda ese balón!”, me ordenan
otro juego prohibido.

Si en mi cartera descubren
que he capturado algún bicho,
una simple rana muerta…,
“¿Ranas muertas?, ¡prohibido!”

Si metido en la bañera,
maniobro con mis barquitos,
oigo: “¡Qué inundas la casa!”
chapotear, prohibido

Cuando enciendo alguna hoguera,
que es más bien un fueguecito,
dicen que aún soy “muy pequeño”
y hacer fuego, “¡prohibido”!

Si arreglo un despertador
porque falla el mecanismo,
“¡Niño, desarmar relojes
te lo tengo prohibido!”

Cavilando, me pregunto:
¿Qué demonios es lo que está tolerado?

miércoles, 25 de abril de 2018

4. El espejo en el espejo

Texto: Michael Ende en El espejo en el espejo
Imagen: vonhou



La catedral de la estación se alzaba sobre una gran roca de color pizarra que flotaba por el espacio crepuscular vacío.

Había aún otras islas similares, mayores o menores, que pasaban volando a diferentes distancias, algunas tan lejos que no se podía distinguir lo que sucedía sobre ellas, otras lo bastante cerca para poder hacerles señales. Algunas tenían la misma velocidad, permanecían, por lo tanto, siempre igual de alejadas entre sí, otras avanzaban más despacio o más de prisa, de manera que se adelantaban o quedaban atrás hasta que se perdían de vista. La mayoría parecían deshabitadas o estaban oscuras, en todo caso sólo unas pocas estaban iluminadas, como aquella sobre la que estaba la catedral de la estación, una construcción babilónica de desconcertantes dimensiones, lejos aún de estar terminada, como demostraban los numerosos andamios. A través de los muros calados en filigrana resplandecía y centelleaba la luz. Música de órgano sonaba del interior.

Un altavoz tronó: «¡Atención! ¡Atención! ¡Viajeros con enlace! El tren suplente procedente de d sigma elevado al cuadrado hará su entrada por la vía ct a las t más dt según el horario previsto... »

Por la nave del andén iban y venían masas humanas grises, pasaban formando ríos apretados llevando cargas, gritando, gesticulando y trabándose. Aquí y allá había grupos sentados en el suelo o sobre montañas de equipaje, cajas, cajones y paquetes atados provisionalmente. Toda aquella gente estaba vestida con andrajos sucios, chusma harapienta y mendigos piojosos, legañosos, cubiertos de costras, desastrados. Sin embargo, las cestas, las maletas y los sacos que llevaban consigo rebosaban de billetes de banco. Carros de equipaje que eran empujados trabajosamente entre ellos estaban cargados hasta arriba con pilas de fajos de billetes.

En el borde extremo de un andén, donde se abría una nave al exterior y una docena de vías salía al espacio vacío, un bombero miraba el trajín con ojos perplejos. Llevaba un uniforme azud oscuro con relucientes botones de latón, el casco con el cubrenuca de cuero sobre la cabeza, la rutilante hacha niquelada en la funda del cinturón. Un grueso bigote negro adornaba su labio superior.

Muy cerca de él, una mujer joven flaca se afanaba con una gran bolsa de viaje que apenas podía arrastrar. Vestía una especie de traje de penitente, un hábito de monje de pesada tela negra toda rota. La capucha enmarcaba una delgada cara pálida, ascética, con ojos ardientes.

El bombero se acercó a la joven.
- ¿Me permite? -preguntó-. ¿Puedo ayudarla?

Ella accedió asombrada a que de cogiese da bolsa y se la cargase al hombro.
- ¿A dónde vamos?
- ¿Oye el órgano? -dijo ella-. Pronto será mi turno. He de ir a las taquillas.

Él fue por delante, pasó por encima de algunas figuras miserables que dormían en el suelo con la cabeza sobre fajos de billetes.
- ¿Qué es esto? -gritó volviéndose-, quiero decir, ¿cómo se llama la estación?
- Estación de paso -contestó ella.
- ¿Ah? dijo él mirándola de reojo, pues con el ruido no estaba seguro de haber comprendido bien-. ¿Para usted también? Yo sólo estoy aquí de paso, ¡gracias a Dios! Sólo hago aquí trasbordo.
- Eso se lo creen todos -contestó ella-, yo también lo creía. Pero la estación de paso es la estación terminal, al menos mientras no cese el jadeo éste. Y no cesa. No cesa.

El altavoz tronó: «Trece mil setecientos once..., trece mil setecientos diez... »

Un grupo de seres como espantapájaros se abrió paso entre ellos separándoles. Cuando la joven regresó braceando a donde estaba él, dijo atropelladamente:
- No llegaremos nunca. Ninguno de los que estamos aquí. Eso lo sabe usted tan bien como yo, ¿verdad?
- ¿Qué he de saber? -preguntó él, cargándose la pesada bolsa de viaje sobre el otro hombro-, yo no sé nada.
- Que no llega ni sale ningún tren. ¡Es todo mentira!
- ¡Tonterías! -respondió él-, yo he llegado hace poco y no tengo la intención de quedarme. Aquí no se me ha perdido nada.

Ella soltó una risita descorazonada.
- ¿De verdad? Eso ya se verá. ¿A dónde va usted?
- A una fiesta -dijo inseguro-, un desfile o algo así..., van a darme una condecoración..., creo -un poco irritado, concluyó-: Perdone, pero esto no es cosa suya.

Ambos fueron empujados de un dado a otro por dos mendigos y la joven se agarró a su brazo.
- ¡Nadie llegará! -le chilló al oído-, ¡Nadie! ¡Nadie!

Tuvieron que esquivar un carro de hierro de ruedas chirriantes que empujaba hacia ellos un sujeto gigantesco, calvo, con la cabeza cubierta de pústulas. Sobre el carro había un ataúd azul celeste de niño. La tapa estaba entreabierta, el ataúd rebosaba billetes de banco. El bombero se quedó mirándolo perplejo y con la mano libre se quitó de la frente el sudor que le brotó de repente. Siguió caminando a prisa y apartó a su vez sin contemplaciones a un grupo de hambrientos.

Él y la joven habían alcanzado casi el gran arco que formaba la entrada a la nave de taquillas. La música de órgano era aquí tan fuerte que resultaba difícil entenderse. Cuando cesó un instante, él dijo:
- ¿Sabe una cosa? Estoy oyendo el tictac del despertador en su bolsa de viaje.

Ella palideció aún más.
- No es un despertador -repuso secamente.

«Doce mil novecientos tres...», tronó el altavoz, «doce mil novecientos dos:.., doce mil novecientos uno...».

Tras abrirse paso hasta la nave de taquillas a través de un río de gente, el bombero colocó la bolsa de viaje en el suelo. Estaban uno junto ad otro, apretados contra un pilar del arco de la entrada.

La nave de las taquillas era gigantesca y se perdía hacia arriba en la oscuridad. En el lado izquierdo había una especie de ábside, a la derecha, a media altura, una planta intermedia sobre la que se erguía, grande como una montaña, el órgano. En lo alto del ábside figuraba en lugar del rosetón un gran reloj cuya esfera estaba iluminada por dentro, pero faltaban las manecillas. Debajo, sobre un plano elevado, estaba el altar, en cuyo centro se alzaba el tabernáculo. Tenía la forma de una enorme caja de caudales con cinco cerrojos de números en la puerta, ordenados como un pentagrama inverso. No sólo el altar y el tabernáculo, sino cada saliente, cada balaustrada, cualquier lugar que lo permitía, estaba cubierto de velas encendidas. Por todas partes la cera goteante había formado cascadas solidificadas, barbas y estalactitas. Cientos de escaleras de diversa altura estaban apoyadas por doquier contra las paredes. El bullir de los miserables era en esta nave aún más terrible que afuera junto a las vías. Las masas formaban verdaderos remolinos y corrientes que chocaban entre sí. El aire estaba caliente como en un horno, nubes de humo y polvo vagaban de un lado a otro, olía a sudor y basura.

Delante del altar brincaban, como en una danza ritual, algunos pobres diablos vestidos con batas de color gris sucio que llegaban hasta sus tobillos, figuras grotescas con narices en forma de uva, bocios, jorobas, vientres caídos, nucas cubiertas de bubones, bocas desdentadas y miembros deformes. Manipulaban toda clase de aparatos o hacían con los dedos señales por encima de las cabezas de la multitud, como agentes de Bolsa. De cuando en cuando se abría la caja de caudales, entonces caía afuera una carga de billetes en fajos. Uno de los miserables tomaba un fajo, lo sostenía solemnemente en alto con ambas manos y lo mostraba a la multitud. Esta caía de rodillas, el órgano rugía poderosamente y un coro de mil voces gritaba: « ¡Milagro y misterio! » Los fajos eran repartidos a las primeras filas de los miserables y la caja de caudales se cerraba. El ritual comenzaba de nuevo. Los receptores se abrían paso entre la multitud para poner a salvo su ganancia y los que venían detrás ocupaban sus puestos. Por las escaleras subían y bajaban constantemente ágiles ayudantes que depositaban los fajos de billetes en alguna parte en lo alto de las paredes.

Entonces se dio cuenta el bombero de que todos los muros, todas las columnas y pilares, también el del arco de la puerta, contra el que era empujado, estaban formados por estos fajos de billetes. Toda la catedral estaba construida con ladrillos de dinero de papel. Y todavía se seguía construyendo más y más, pues cada apertura del tabernáculo vomitaba nuevas cantidades. Los miles y miles de llamas de las velas bailaban y tremolaban y la cera corría y goteaba.
- ¡Dios del cielo! -masculló el bombero--, ¡esto va en contra de todas las normas de seguridad! ¡Es una locura monstruosa!

Se quitó el casco y secó el cuero interior con el pañuelo. Había desabrochado su chaqueta. El órgano enmudeció.
- ¿Me haría un favor? -preguntó la joven, que le había observado en silencio-. Tengo que ir un momento a la tribuna. No 'tardaré mucho. ¿Podría guardarme mientras tanto mi bolsa?

Él asintió ausente, sin poder desprender su mirada de las in terminables filas de llamas, y dijo:
- Esto no puede terminar bien.

Un tipo de aspecto ladino con un cajón de vendedor ambulante estaba de pronto delante de él. Llevaba un sombrero redondo, rígido, y sus mejillas estaban tan hundidas que casi parecían agujeros. En el cajón había algunas pilas de sobres cerrados.
- ¡La fortuna le persigue, señor jefe de bomberos! -dijo el tipo con una sonrisa torcida-, ¡no la deje escapar! ¡No desaproveche esta ocasión única, no volverá a presentarse! ¡Aproveche su oportunidad!
- ¿La fortuna? -preguntó el bombero-. ¿Qué quiere decir con eso?

El tipo le miró con ojos torvos, sus manos pasaron nerviosamente por encima de los sobres.

- No cuesta nada. Todo es gratis. ¡Anímese!
- ¿Gratis? -el bombero sacudió la cabeza-. Mire, me temo que no soy lo bastante rico para permitirme algo que no cuesta nada.

El rufián ahogó una risita.
- Exacto, los secretos del verdadero beneficio parecen a menudo paradójicos. ¡Pero confíe en mí, señor, no se lo piense más! ¡Le prometo que pronto tendrá tanto dinero que podrá permitirse el haber aceptado!
- ¿Qué es lo que lleva ahí?

El granuja esbozó de nuevo la mueca de una sonrisa.
- Señor mío, le ofrezco aquí las últimas acciones de la catedral de la estación. Si las toma, gratis como le dije, tendrá también una participación segura en la milagrosa multiplicación del dinero.
- No, gracias -contestó el bombero--, no quiero tener una participación en eso. Sólo estoy aquí de paso. Quisiera proseguir mi viaje lo más pronto posible.
- Eso lo querían todos -dijo el tipo-, pero luego se lo pensaron mejor. Ya ve usted cuántos son los que saben ver su ventaja, y cada vez son más. Tanta gente lúcida no puede equivocarse..., ¿o se considera usted mucho más inteligente?
- Además -prosiguió sin inmutarse el bombero-, esto no durará mucho, de todas formas. Pronto encontrará un final desastroso.
- ¡Ahí se equivoca usted! -exclamó el otro-, la milagrosa multiplicación del dinero continuará siempre. No acaba nunca. Y mientras no acabe, nadie querrá irse. Y mientras no quiera irse nadie, no saldrá ningún tren. ¡Todo seguirá igual! ¿Seguro que no quiere un par de acciones? ¿Al menos dos o tres?
- ¡No! -le gritó el bombero.
- ¡Está bien, está bien! -el rufián alzó las manos con ánimo de apaciguarle-. ¡Pero luego no me venga quejándose! Yo se lo he advertido.

Luego ahuecó el sombrero y desapareció rápidamente en la aglomeración.

«Diez mil setecientos nueve...», bramó el altavoz, «diez mil setecientos ocho..., diez mil setecientos siete...».

La música del órgano volvió a sonar, esta vez amortiguada. La melodía sonaba como un coral antiguo, pero sólo se oía una sola voz de mujer. Flotaba cálida y fuerte por el gigantesco espacio. Nadie la escuchaba, sólo el bombero miraba asombrado hacia la tribuna de donde venía. Reconoció a la joven del hábito negro, que estaba allí arriba de pie, cantando junto a la barandilla.
- ¡Una artista! -murmuró él-, ¡una verdadera artista! Nunca lo hubiese imaginado.

Estaba tan cautivado por la belleza de la voz que de momento no prestó atención a las palabras de la canción. Un extraño temblor en ella le afectó casi físicamente en lo más profundo de su alma. Especialmente cuando pasaba de los tonos altos a los bajos se producía una pequeña ruptura histérica que le llegaba al mismísimo corazón. Escuchaba entusiasmado y ahora penetraron también las palabras en su conciencia:

Caminantes en el ajetreo del mundo
estamos sin meta en el tiempo.
Sólo a través de un amor puro desinteresado
llegarás al ahora y aquí.
Alma prepárate:
¡ahora y aquí es la eternidad!


Después la joven retrocedió y desapareció de su vista. El órgano volvió a rugir y varió el tema. Al otro lado, en el altar, se abrió de nuevo el tabernáculo y paquetes de billetes cayeron de él.

«Diez mil quinientos dieciocho...», tronaba el altavoz, «diez mil quinientos diecisiete...».

Una mendiga con una espuerta llena de billetes apoyó al pasar la punta de una de sus muletas sobre el pie del bombero y le despertó de su embeleso. Este buscó con la mirada la bolsa de viaje que le había confiado la cantante y constató con espanto que había desaparecido. Se abrió paso entre la multitud de los harapientos, buscó y miró a su alrededor, pero no pudo descubrirla por ninguna parte. Sin duda se la habían robado mientras escuchaba el cántico, tal vez ya antes, cuando el hombre del tenderete le había embaucado en la conversación. Se maldijo por su falta de atención. En todo caso tenía que avisar en seguida a la joven.

Se sumergió en la vociferante chusma, fue atrapado y arrastrado por un remolino y aterrizó finalmente, braceando y empujando al pie de la escalera que conducía a la tribuna. Cuando intentó subir, fue sujetado por un par de jovenzuelos de aspecto malvado que antes de que pudiese darse cuenta de lo que sucedía le retorcieron los brazos en la espalda.
- ¿Eres accionista? -preguntó uno.

El bombero sacudió la cabeza.
- ¿Entonces qué buscas aquí?
- Tengo que decirle algo a la cantante. Es urgente. ¡Hagan el favor de soltarme!

Los jovenzuelos intercambiaron unas miradas, luego le empujaron escaleras arriba. También aquí había velas por todas partes, incluso en el pasamanos y en los peldaños.

Arriba en el órgano estaba sentado delante del teclado un hombre fuerte, con el torso desnudo, empapado en sudor. Su largo pelo gris y su barba formaban una mata enmarañada, grasienta, incluso sobre los hombros y la espalda le crecía un pelaje erizado. A horcajadas sobre sus rodillas, con los brazos alrededor de su cuello, estaba sentada la joven. Su hábito negro estaba remangado hasta las caderas, debajo estaba desnuda. Su rostro estaba inundado de sudor y lágrimas. Tenía dos ojos cerrados, la boca abierta como un grito silencioso, mientras el hombre trabajaba en el instrumento con grandes movimientos de brazos y piernas.

Las notas hacían vibrar toda la tribuna.

Los granujas dieron al bombero un empellón, dejándole tan cerca de da pareja que su cara tocó casi la de ellos. Entonces se dio cuenta de que los dos hablaban a gritos.
- ¿Es ya de noche?
- Aún no, querido.
- En cuanto oscurezca, nos largamos.
- Sí, querido.
- No te preocupes, pequeña. Saldremos de aquí, te lo he prometido. Hasta ahora he logrado salir de todas partes. En todo caso, la mayor parte de mí. En la oscuridad estoy en ventaja.
- ¡Nunca oscurecerá! -chilló ella-, ¡esto no acabará nunca! ¡Nunca llegaremos!
- ¡Perdone! -exclamó el bombero-, yo..., yo no quisiera molestar, lo siento. Es sólo por su bolsa. Desgraciadamente ha sido robada.
- ¿Y qué? -repuso la joven sin abrir los ojos-, celebraría haberme librado de ella. Por eso se la confié a usted. Pero no me servirá de nada. Siempre vuelve conmigo. Ya lo he intentado todo.

El hombre dejó de tocar el órgano. Despacio volvió la cabeza y preguntó:
- ¿Con quién hablas, pequeña? ¿Quién está ahí?
- No sé -contestó ella, aún con dos ojos cerrados-, uno cualquiera.

El bombero vio da cara del organista y se asustó. Las cuencas de dos ojos estaban vacías, el hueso de la nariz hundido. La cicatriz de una herida terrible cruzaba la cara en diagonal.
- Dile que desaparezca -dijo el hombre- en seguida.
- Sí, claro -balbució el bombero, desconcertado-, yo pensaba sólo..., por la bolsa..., quizás habría que denunciarlo..., seguramente hay muchas cosas dentro..., quiero decir cosas valiosas.

La mujer seguía hablando con los ojos cerrados.
- Usted oyó cómo hacía tictac, ¿verdad?
- Sí, sí -contestó él-, el despertador.

Ella movió despacio da cabeza.
- Una bomba. Lo que ha estado arrastrando es una bomba de relojería. Eso es todo lo que hay en la bolsa.

El bombero tragó varias veces, antes de recuperar da voz.
- ¡Pero..., pero uno no puede llevar algo así encima durante horas!
- ¿Durante horas? -repitió ella y el ciego rió en silencio-. ¡Es usted un auténtico bombero! Ya de he dicho que siempre vuelve conmigo. Desde hace años. Puedo hacer lo que quiera. A veces estaba ya tan agotada que...
- ¡Pero, por Dios! -la voz del bombero se quebró-. ¡La bomba puede estallar en cualquier momento!
- Exacto -dijo ella.
- ¡Y toda esta gente! Hay que desactivar inmediatamente este artefacto.
- Inténtelo dijo ella-. Para desactivar la bomba hay que abrir la bolsa. Y si se abre, estalla.
- Entonces hay que llevársela de aquí.
- ¡Búsquela, ande! -contestó la mujer-. Ya verá que no sirve de nada quebrarse la cabeza. Sólo cabe esperar que llegue el momento.

Ahora abrió por primera vez dos ojos, que estaban hinchados de llorar.
- Entonces -añadió en voz baja- no estaba destinada para este lugar, para esta estación de paso.

Mientras decía eso el hombre se dejó caer con ella del banco y ambos se revolcaron por el suelo de un lado a otro. Ella se aferraba con las piernas a sus caderas y chillaba con dos ojos extraviados:
- ¡Quiero llegar! ¡Es que no comprende que quiero llegar de una vez! ¡No quiero nada más que eso, sólo llegar.

En su frenesí derribaron algunos candelabros, las vedas rodaron por el suelo cubierto de billetes y salpicado de cera, que inmediatamente empezó a arder por varios puntos. El bombero se arrancó la chaqueta del cuerpo y golpeó con ella las llamas, pero la chaqueta también se empapó de cera líquida, inflamándose. A duras penas logró apagar el fuego. Pero cuando respiró aliviado y miró en torno suyo se encontró con que estaba solo en la tribuna, ¡De mal humor contempló la chaqueta maltrecha y parcialmente carbonizada!
- En realidad sólo pretendía hacer trasbordo aquí -gruñó.

«Ocho mil novecientos veintisiete...», tronó el altavoz, «ocho mil novecientos veintiséis..., ocho mil novecientos veinticinco... ».

Al otro lado, en el altar, había continuado ininterrumpidamente la milagrosa multiplicación del dinero. Nadie de la multitud de mendigos había prestado atención a los hechos producidos en la tribuna. En un púlpito a la izquierda del altar se erguía ahora un anciano decrépito. Una descomunal nariz ganchuda daba a su rostro el aspecto de un buitre. Se había colocado en la cabeza una especie de mitra de papel y predicaba con amplios movimientos de brazos:
- ¡Misterio de todos los misterios, y bienaventurado es quien participa de él! Dinero es verdad, la única verdad. ¡Todos tienen que creer en ello! ¡Y que vuestra fe sea inquebrantable y ciega! ¡Sólo vuestra fe lo convierte en lo que es! Pues hasta la verdad es una mercancía sometida a la eterna ley de la demanda y oferta. Por eso nuestro dios es un dios celoso y no tolera a ningún otro dios a su lado. Y sin embargo, se ha puesto en nuestras manos y convertido en mercancía para que podamos poseerlo y recibir su bendición...

La voz del predicador era aguda y estridente y apenas se oía en el clamor general. El bombero avanzó abriéndose paso entre la multitud. Cada vez que encontraba a su alcance velas encendidas, las apagaba. Miradas asombradas y consternadas se cernían sobre él. Pero no les prestó atención. Prosiguió en su empeño, aunque sabía que era inútil, pues apenas había pasado de largo, las velas se encendían de nuevo. Poco a poco se fue apoderando de él una furia sorda.

- ¡El dinero lo puede todo! -gritó el predicador-, une a las personas a través del acto de dar y tomar, puede transformar todo en todo, espíritu en materia y materia en espíritu, convierte piedras en pan y crea valores de la nada, se autofecunda eternamente, ¡es todopoderoso, es la forma bajo la que dios está entre nosotros, es dios! Donde todos se enriquecen de todos, ¡se vuelven ricos todos al final! ¡Y donde todos se hacen ricos a costa de todos, nadie paga los gastos! ¡Milagro de milagros! Y si preguntáis, queridos creyentes, ¿de dónde viene toda esta riqueza?
- Yo os lo digo: ¡viene de su propio beneficio futuro! Su propio provecho futuro es lo que disfrutamos ahora, Cuanto más tengamos ahora, mayor será el beneficio futuro, y cuanto mayor el beneficio futuro, más tendremos ahora. De esta manera somos nuestros propios acreedores y nuestros propios deudores para siempre, y nosotros nos perdonamos nuestras deudas, ¡amén!
- ¡Basta! gritó el bombero subiendo la escalera del púlpito- ¡Se acabó! ¡Ya está bien! ¡Silencio de una vez! Todo lo que sucede aquí es completamente irresponsable. ¡Prohíbo que continúe este acto! Todos los presentes deben abandonar urgentemente el edificio. Existe el máximo peligro...

De pronto se hizo un silencio sepulcral en la gigantesca nave de taquillas.
- ¡Un infiel! -exclamó junto al altar uno de los granujas-. ¿Cómo ha entrado aquí un infiel?
- ¿Tiene usted acciones? -le gritó el predicador.
- ¡Eso es ahora completamente indiferente! -bramó el bombero a su vez-, ¡sean razonables, en su propio interés!
- ¡Un infiel! -aulló la multitud-, ¡un blasfemo! ¡Matadle!

Un tumulto enorme se desató. Figuras miserables subieron cojeando la escalera del púlpito, manos agarraron al bombero, lo estrangularon, lo golpearon y arrojaron por encima del antepecho del púlpito. El bombero cayó estrellándose pesadamente contra el suelo, golpes de muletas y bastones llovieron sobre él, pies le propinaron patadas y pisotones hasta que dejó de moverse.

«Seis mil trescientos catorce...», tronó el altavoz, «seis mil trescientos trece..., seis mil trescientos doce...».

Pasó un rato antes de que el bombero recobrara el conocimiento y pudiese sentarse. Le dolía la cabeza, su ojo izquierdo estaba hinchado y cerrado, sangraba de la boca y la nariz. Comprobó que había perdido el casco, que la chaqueta y el pantalón estaban hechos jirones. Ahora tenía también el aspecto de una de las figuras miserables que pululaban alrededor suyo, pero sin preocuparse ya de él.

Intentó ponerse en pie, pero volvió a caerse en seguida de bruces. Todo le daba vueltas y sintió náuseas. Vomitó.

Un poco más tarde se arrastró a gatas entre los pies de la multitud y descubrió finalmente en una de las paredes un confesionario que la cera que caía había convertido en una especie de gruta de estalactitas. Con gran esfuerzo se metió dentro, cerró la puerta, se recostó y volvió a perder el conocimiento.

No sabía cuánto tiempo había estado sentado así cuando un leve ruido cerca de su oído le hizo despertar. Fuera, en la nave, el clamor y los gritos seguían tan violentos como antes, pero este ruido le llegaba a través de la pequeña rejilla del tabique que dividía el confesionario en dos celdas, y sonaba como el desesperado sollozo ahogado de un niño. Eso sorprendió al bombero, pues hasta entonces no había visto niños en toda la catedral de la estación. Intentó mirar a través de los agujeros de la rejilla, pero no pudo ver nada. En cambio oyó entre los sollozos palabras susurradas:
- Dios mío, ¿dónde estás...? ¿Y dónde se ha quedado el mundo...? No puedo encontrarlo..., ya no existe..., yo ya estoy muerto... y ni siquiera he nacido aún...
- Tú, ¿quién eres? -preguntó el bombero-. No quería escuchar, pero estaba aquí todo el tiempo. ¡Perdona, por favor! Sólo quisiera decirte que esto es sólo una estación de paso, es decir, hay... ¡eh, tú! ¿Me estás oyendo? ¿No quieres hablar conmigo?

Pero el otro lado permaneció en silencio. Abrió la puerta del confesionario para asomarse, pero no había nadie. En el asiento sólo estaba la pesada bolsa de viaje.

Lo único que le había quedado de su equipo de bombero era el hacha reluciente. La sacó de la funda.
- ¡Ni un minuto más! -dijo en voz alta-. ¡Ni un minuto más!

Con el dorso punzante del hacha rompió el cierre de la bolsa de viaje, luego la abrió despacio y con la mayor cautela. La bolsa estaba vacía.

Se irguió. Sudor frío caía de sus sienes por las mejillas.

«Setecientos sesenta y ocho...», tronó el altavoz, «setecientos sesenta y siete..., setecientos sesenta y seis...».

Y débilmente, pero de forma clara e inconfundible, pudo oírse detrás de la voz impasible que recitaba los números el tictac, cada vez más fuerte y amenazador.

El bombero luchó por salir de la nave de la catedral. Un par de veces fue empujado hacia atrás, pero al cabo de algún tiempo logró alcanzar los andenes. El altavoz daba números ininterrumpidamente, el tictac martilleaba.

«Ciento cincuenta y tres..., ciento, cincuenta y dos..., ciento cincuenta y uno..., ciento cincuenta..., ciento cuarenta y nueve...»

Cuando por fin llegó otra vez al lugar donde las vías salían al espacio vacío, encontró en el suelo el hábito de penitente que había llevado la joven. Lo recogió y se sentó en el borde extremo del andén.

A lo lejos vio otras islas que cruzaban el espacio crepuscular como nubes al atardecer, algunas oscuras, otras iluminadas como aquella sobre la que se alzaba la catedral de la estación.
- Quizás ha salido un tren, después de todo -dijo el bombero hacia el vacío- no sé a dónde quería ir ella, pero a lo mejor ha llegado mientras tanto...

Y mientras sus manos acariciaban la pesada tela negra del traje roto, oyó cómo el tictac del altavoz se hacía insoportablemente fuerte y la voz impasible recitaba los últimos números:

«Siete..., seis..., cinco..., cuatro..., tres..., dos..., uno..., cero... »

martes, 24 de abril de 2018

3. El espejo en el espejo

Texto: Michael Ende en El espejo en el espejo
Imagen: vonhou
 
 
 
La buhardilla es azul celeste, las paredes, el techo, el suelo, los escasos muebles. El estudiante está sentado detrás de la mesa y sostiene su cabeza con las manos. Su pelo está desordenado, sus orejas arden, sus manos están frías y húmedas. Fría y húmeda está la pequeña habitación. Y encima acaba de irse ahora la luz.

Se acerca más el libro y vuelve a empezar desde el principio. Tiene, tiene que terminar aún la tarea. La semana que viene es el examen.

«...La teoría de la relatividad se basa en la constancia de la velocidad de la luz... P es un punto en el vacío... P', un punto alejado la distancia d sigma e infinitamente próximo..., un punto infinitamente próximo... de P parte en el tiempo t un impulso luminoso que llega a P' en el tiempo t + dt... »

El estudiante siente que sus ojos están duros y secos como botones de asta. Se los frota un rato con los dedos hasta que empiezan a llorar. Echándose hacia atrás contempla la buhardilla en torno suyo, un cobertizo de tablas que él mismo construyó dos años atrás -en un rincón del gran desván-. Entonces le gustaba el azul celeste, ahora ya no le gusta. Pero no tiene tiempo para cambiar nada, ya ha perdido demasiado.

¿Le permitirán seguir viviendo allí? Paga un alquiler, desde luego, pero muy bajo.

Por eso se ha instalado allí. Quien no tiene dinero, no puede ser exigente. Pero ahora que se ha muerto el antiguo propietario de la casa le subirán quizás el alquiler. ¿A dónde irá entonces? Y precisamente ahora, antes del examen. ¿Cómo va uno a concentrarse si no sabe siquiera dónde irá a parar mañana? Si los herederos se pusiesen por fin de acuerdo para que uno supiese al menos a qué atenerse.

Aparta el libro y se pone de pie. Está pálido y es alto, demasiado alto. Tiene que agachar la cabeza para no chocar contra el techo. Quiere salir de una vez de la incertidumbre, inmediatamente, para poder seguir trabajando sin sentirse angustiado por las preocupaciones.

El gigantesco desván que atraviesa está lleno de toda clase de objetos imaginables: muebles, enormes jarrones, animales disecados, muñecos de tamaño natural, máquinas y engranajes incomprensibles. Baja la ancha escalera, luego corre por la galería en la que cuelgan miles de espejos ciegos, grandes y pequeños, lisos y curvos que reflejan su imagen mil veces, pero borrosa.

Por fin llega a una de las grandes salas. Parece un museo de etnología después de un saqueo. Las vitrinas de cristal están en parte destrozadas, las joyas y los objetos de valor que estaban expuestos en ellas han sido arrancados de su sitio. Féretros de momia han sido forzados, hay montones de vasijas rotas por el suelo, armaduras cuelgan torcidas en las perchas y ropajes aztecas de plumas de colibrí se caen a jirones y son pasto de las polillas.

El estudiante se detiene y mira asombrado en torno suyo. ¿Cómo puede haber degenerado todo tanto desde que estuvo aquí por última vez?

¿Pero cuándo estuvo aquí por última vez? ¿Vivía aún el antiguo propietario? Sí, probablemente. En realidad nunca llegó a verle. Sólo a su viejo criado, un hombre de cara severa y gravedad solemne.

Mientras el estudiante está reflexionando, aquel criado entra en la sala. Lleva un gran plumero debajo del brazo, su librea está sucia y rota, el pelo blanco rodea, desordenado, su cabeza y -¡efectivamente!- se tambalea un poco al andar y hace movimientos nerviosos con las manos, mascullando entre dientes.

- ¡Buenos días! -dice el estudiante amablemente-, ¿podría decirme, por favor...?
- Pero el viejo criado pasa de largo gesticulando y no parece verle. El estudiante le sigue.
- Absurdo -murmura el criado con un gesto definitivo-, es absolutamente absurdo empezar siquiera. Dios le guarde, querido joven.

El estudiante está bastante confuso.
- ¿Qué quiere decir con eso?
- ¡Cualquier cosa! -le grita el criado-. Un comienzo es siempre un absurdo monstruoso. ¿Por qué? ¡Porque no existe tal cosa! ¿Acaso conoce la naturaleza un principio? ¡No! ¡Entonces es contrario a la naturaleza empezar! ¿Y en mi caso? Igual de absurdo. La prueba: por ejemplo, ahora.

Extrae una botella del bolsillo de la chaqueta y echa un trago, se estremece, eructa, vuelve a guardarse la botella cuidadosamente. El estudiante se dispone a hacer su pregunta, pero el viejo prosigue:

- Hay que pensar -dice, dándose unos golpecitos en la frente con el dedo-, pensar objetivamente, ¡eso es lo que hay que hacer! ¿Comprendido, joven? Así que si pienso objetivamente tengo que decirme que no existe la menor esperanza de que yo, un hombre solo, débil, cambie en algo la situación de las cosas. ¿Quién soy yo para atreverme a ello? Un anciano agotado por el perpetuo esfuerzo de pensar, ése soy yo. ¡No me replique!

Vuelve a extraer la botella, bebe, se seca la boca con la manga.

- Hay que vivir desde el espíritu, ¿comprendido, joven? ¡Hay que vivir desde el conocimiento! Pero eso no es tan sencillo. Sobre todo en la vida cotidiana. Supongamos que me lanzo a la lucha desesperada contra la superioridad de todo este polvo aletargado, ¿qué conseguiré? Nada, nada en absoluto, me lo dice mi razón lógica. Excepto quizás un agravamiento de unas condiciones de por sí ya desesperadas. Un ejemplo: ahora correré esta cortina y en el acto se desgarrará.

Corre una pesada cortina de la ventana y ésta se desgarra inmediatamente, cayendo al suelo entre una nube de polvo.
- Otro ejemplo -prosigue el viejo, imperturbable-: trataré de abrir esa ventana y en el acto se me caerá encima.

Trata de abrir la ventana y ésta se le cae encima al instante. Los cristales se rompen con estrépito contra el suelo.

El criado mira al estudiante con aire triunfal.
- ¿Qué le decía? Esto lo demuestra todo. El caos crece con cada intento de dominarlo. Lo mejor sería estarse quieto y no hacer nada. Toma un trago más.
- Ah, bueno -dice el estudiante mirando distraído en torno suyo-, ¿usted quiere poner esto en orden?
- ¡Quitar el polvo! -le corrige el viejo criado-. Quitar el polvo, como lo he hecho toda una vida. Pero ya ve lo que queda de todos nuestros esfuerzos y desvelos: polvo. O más bien parece que al final sólo queda ceniza. Polvo al principio y ceniza al final. Lo mimo da. En todo caso es como si uno no hubiese existido nunca. Pasa sin dejar huella, eso es lo más grave.
- Al menos -opina el estudiante amablemente, sólo por decir algo alentador-, al menos entra un poco de aire fresco. Se oye el silbido de las becadas que vienen volando desde el pantano. Eso también es algo.

El viejo suelta una risita y tose.

- ¡Sí, sí, la querida naturaleza! Esa sigue su curso sin más. Nuestras dificultades le importan un bledo. Además tampoco tiene que tomar decisiones como yo. Pero no, el hombre no es un pájaro porque no tiene alas. ¡El hombre tiene que vivir desde el conocimiento objetivo, para eso tiene su cerebro, joven! Esa es la moral. Moral significa: las cosas no son tan sencillas. ¡Recuérdelo, joven! Tengo que volver a analizar el problema desde el principio.
- Ya veo -dice el estudiante- que usted no se deja desanimar fácilmente. ¿Pero podría darme antes rápidamente una pequeña información?

El criado no le escucha. Se dirige a la sala siguiente hablando solo:

- El problema es el siguiente: si efectivamente empezar no tiene sentido, no empezar tiene sentido. Ergo: me abstengo.
- ¡Exacto! dice el estudiante siguiéndole-. Absténgase.
- ¡Una deducción concluyente! -el viejo se ríe astutamente-. Pero ahora escuche, joven: ¿qué es la vida humana?

El estudiante le mira sonriendo desconcertado.

- Bueno, francamente no quisiera definirme aquí...

El viejo le da en el pecho con el dedo y le sopla el aliento en la cara.

- Luchar es una posición perdida, ¡ésa es la vida! -dice subrayando cada palabra-. ¿Y en qué consiste la grandeza moral, el postulado ético, el imperativo ético? Yo se lo digo, joven: ¡aunque todo carezca de sentido hay que empezar! ¿Por qué? ¡Porque hay que hacer lo que se puede!
- ¡Bravo! -dice el estudiante, tratando de esquivar el aliento.
- Reconozco sinceramente -prosigue el criado- que me acabo de poner a mí mismo en un aprieto, ineludiblemente. ¡Y eso no es cualquier cosa!
- Es usted realmente un pensador implacable -apunta rápidamente el estudiante.

El viejo respira profundamente y abre los brazos.

- Aquí estoy, como portero y hombre -grita a través de las salas-, contra mí toda la desesperante superioridad del caos, y he tomado una decisión irrevocable.

De pronto se desmorona, coge al estudiante por el brazo y se aferra a él.

- Si ahora no me aparta alguien del abismo en el último instante -musita aterrado-, empezaré irremediablemente a quitar el polvo. Las consecuencias, joven, son imprevisibles.

Pero el estudiante apenas le ha escuchado y se quita al viejo de encima. Ha visto algo que atrae al máximo su atención. En el centro de la siguiente sala, visibles a través de las puertas abiertas, unas personas están sentadas alrededor de una larga mesa de conferencias. No se distinguen claramente en la penumbra de la sala, pero el estudiante no duda de que son los herederos en trance de negociar.

- Diga, por favor -susurra al viejo señalando hacia la mesa-, ¿se sabe ya algo concreto?
- Gracias -contesta el criado también en voz baja-, gracias por distraerme, joven. Lamento tener que comunicarle que no, que todavía no se sabe nada.
- ¡Qué contrariedad! -opina el estudiante dirigiéndose resuelto hacia la mesa-. Tengo que preguntarles sencillamente...

Pero el viejo le ha cogido por la manga y trata de retenerle.

- ¡Por todos los cielos, no moleste a los señores! ¡Precisamente ahora, no! ¡Es absolutamente imposible!

El estudiante se detiene y sin perder de vista a los herederos declara a media voz:
- Tengo que saber ahora mismo si podré quedarme o si tengo que buscar un alojamiento, ¡compréndalo! Estas cosas requieren su tiempo y ahora no puedo perderlo. La semana que viene es mi examen y si me echan mañana o pasado mañana me veré en un buen aprieto.
- Ya comprendo -dice el viejo dándole unos cachetes en la mejilla-, tenga aún un poco de paciencia. Los jóvenes sois tan impacientes. Si se empeña, me informaré cuando se presente la ocasión.
- ¡Eso ya me lo prometió hace dos semanas!
- Cierto, pero desgraciadamente los señores no se han puesto aún de acuerdo en quién de ellos será el nuevo propietario.
- Tardan bastante, ¿no le parece?
- Según como se mire. Estas cosas necesitan tiempo. Pero los señores se están acercando cada vez más al acuerdo, ¡créame! Hacen los mayores esfuerzos. Pero en estas circunstancias excepcionales es muy, muy difícil llegar a una solución.
- Pero los señores están bastante callados, encuentro yo. Ni siquiera hablan entre sí.
- Sí, sí, por desgracia han vuelto a llegar a un punto muerto. Ahora están reflexionando para hallar una nueva base de negociación. No se le ocurra molestar en este momento, si no tardarán aún mucho más.

Pero el estudiante se suelta violentamente del criado y se dirige decidido a la mesa alrededor de la cual están sentadas las personas. Al acercarse se da cuenta de que están rígidas e inmóviles como momias. Grueso polvo cubre sus cabezas, sus barbas, sus trajes, sus gafas. Telas de araña que ondean levemente con la corriente cuelgan entre ellos. Sin decir una palabra el estudiante las señala mirando al viejo criado.

- Sí -murmura éste, apurado-, como una hamaca, ¿verdad?

El estudiante mira también debajo de la mesa y las sillas. Huellas de diminutas patitas recorren por todas partes el polvo, seguramente de cochinillas o escarabajos.

- ¿Le apetece un trago? -pregunta el viejo criado tendiendo la botella al estudiante.
- Este espectáculo le da a uno sed, ¿no le parece?

El estudiante huele la botella y se echa para atrás bruscamente.
- Dios santo, ¿qué es esto?
- Vinagre -explica el viejo mostrando de pronto su antigua dignidad grave-, vinagre y hiel. Una mezcla famosa. Pone sobrio. El único medio de volver una y otra vez a la razón en esta situación delirante. Como ve, soy un bebedor al revés. Uno se acostumbra a todo. Usted también terminará por acostumbrarse.
- No lo creo -responde el estudiante-. Y tampoco me acostumbro a la maldita inseguridad de no saber lo que va a pasar conmigo y mi habitación.
- 0h -dice el viejo sonriendo afligido-, esto es sólo el principio. Pero, a decir verdad, yo tampoco había contado con que las cosas se prolongasen tanto. Realmente creía que se abriría el testamento del difunto señor y sabría a qué atenerme.
- ¿Qué se ha interpuesto, en realidad?

El viejo toma un trago.
- En realidad no se ha interpuesto nada -cierra la botella con el corcho y la guarda.

El estudiante camina despacio alrededor de la larga mesa mirando una tras otra las caras empolvadas de los herederos. Sopla a uno de ellos y una nube de polvo se eleva.

Suspirando, se sienta en un sofá tapizado en damasco que inmediatamente se desmorona.

Se levanta penosamente, sacudiéndose el polvo.

- No pueden seguir así durante mucho tiempo -dice-, si ha de quedar algo.
- Eso mismo opino yo -comenta el criado pasándole por encima el plumero.
- ¿Cuánto tiempo cree usted que tardarán aún?
- Eso es difícil de saber. Quizás poco, quizás mucho.
- Pero de momento puedo contar con conservar mi buhardilla durante un tiempo, ¿verdad?
- Yo no me fiaría, joven.
- ¡Vaya mierda! -dice el estudiante suavemente-. Es verdaderamente estúpido estar así en el aire.

El viejo se ríe otra vez tosiendo.

- Todos estamos en el aire, usted, los herederos, sus familiares, yo incluso -hace un gesto alrededor de su cuello como si colgase de una soga-. Y a uno se le enfrían los pies con tanta facilidad -vuelve a toser.
- ¿Los herederos? -pregunta el estudiante-. ¿Por qué ellos?
- Bueno, los señores tampoco saben qué actitud adoptar los unos con los otros, con quién aliarse y con quién no. Cada uno puede llegar a ser alguna vez importante para el otro, ninguno puede permitirse enemistarse del todo con el otro. Así que se odian en silencio y se observan mutuamente con ojos como bocas de revólver. Lo peor es que cada uno ha traído un sinnúmero de familiares que se instalan en todas las habitaciones de la casa. Y no estamos preparados para acoger a tantos huéspedes. Así que en las salas inferiores ellos han construido ya chozas y bungalows, para ello han demolido valiosos muebles antiguos y arrancado tablones del entarimado. Últimamente organizan incluso fuegos sobre el parquet para hacer sus comidas. Las conducciones eléctricas de la casa se mostraron completamente insuficientes para resistir todas las estufas, placas, aparatos de radio, televisores y qué sé yo. Cualquier día tendremos el más terrible incendio. Yo voy de un lado a otro suplicando a la gente, pero todos me dicen: ¿Por qué yo precisamente? Nadie quiere restringirse si no lo hacen antes los demás. Al principio todo se consideraba provisional, pero entre tanto los señores se han instalado confortablemente en esta situación provisional. Es para llorar.

El viejo se saca un pañuelo mugriento y se limpia la nariz.

- De todo esto -dice el estudiante, aturdido- no había notado casi nada, excepto que a veces se iba la luz.
- Hasta qué extremo estoy yo mismo en el aire -prosigue el viejo con voz lastimera- es algo que usted apenas puede imaginar, querido joven. Todos los señores me consideran su criado personal: ¡Haga esto! ¡Tráigame aquello! ¡Pero que sea de prisa! Y yo no puedo defenderme porque cada uno puede convertirse en el nuevo amo. ¡Sencillamente, no doy abasto ya! Piense que me utilizan para espiarse los unos a los otros. Y yo no puedo enojar a ninguno. Y esto a un hombre acostumbrado a vivir desde el pensamiento, desde la razón. Es el infierno.

El viejo se seca los ojos con el pañuelo.
- Pero ¿qué sucederá cuando se arregle la situación? ¿Qué será entonces de mí? ¡Dígamelo!
- ¿Podré conservar mi puesto? ¿Me pagarán al menos por este trabajo sobrehumano? ¿O me echarán finalmente a la calle a pesar de todos mis esfuerzos, viejo y achacoso como estoy? Esta espada de Damocles sobre mi cabeza paraliza, como usted comprenderá, mis ganas de trabajar. ¡Y precisamente por eso ayudo a que se rompa el cabello del que pende esa espada! ¡Los seres humanos son crueles! ¡Joven, tiene ante usted a un desesperado!

Sollozando, el viejo se apoya en el pecho del estudiante. Este le acaricia confuso y murmura:
- En realidad debería estar trabajando, pero en los últimos días y noches he estudiado tan intensamente que quizás me venga bien un poco de ejercicio. Así que si puedo echarle una mano, entonces...

El viejo criado se consuela en seguida.
- Por supuesto -dice-, el trabajo físico es muy sano, casi tanto como dormir. ¡Tome el plumero y vaya empezando ya! ¡Pero con cuidado, por favor! ¡No rompa nada!

Camina hacia la puerta, se vuelve y dice severo:
- Pasaré más tarde para ver si has trabajado como es debido. ¡Así que esfuérzate, muchacho, si no me vas a conocer! Hale, ¿a qué esperas?

El viejo sale y el estudiante le sigue asombrado con la mirada. Luego se encoge de hombros sonriendo débilmente y empieza a quitar el polvo con el plumero. Envuelto en una nube de polvo se detiene tosiendo y queda sumido en cavilaciones.
- Un momento -murmura-, ¿cómo era aquello? Tengo que escribirlo...

Se dirige a la mesa alrededor de la que están sentados los herederos inmóviles y empieza a escribir en el polvo con el dedo.

- d sigma elevado al cuadrado igual a c al cuadrado dt al cuadrado..., si introducimos la coordenada imaginaria del tiempo raíz de menos uno ct igual a x cuatro, entonces, según la ley de la constancia de la expansión de la luz ds al cuadrado igual a dx uno al cuadrado más dx tres al cuadrado más dx cuatro al cuadrado igual a cero...

Acerca una silla a la larga mesa, se sienta entre dos herederos, apoya la cabeza en la mano y sigue haciendo cálculos.
- Puesto que esta fórmula expresa un hecho real, la fórmula ds tiene que tener también un significado real, incluso cuando los puntos vecinos del continuo cuatridimensional espacio-temporal se encuentran de tal manera que ds desaparece..., no, alto, no desaparece..., no desaparece..., no... Su cabeza desciende lentamente sobre el tablero de la mesa y con la mejilla sobre las fórmulas escritas en el polvo duerme tranquilo y respirando profundamente como un niño.

Con la tecnología de Blogger.

Aquel que quiera hacer magia tiene que poder dominar y aplicar su capacidad de desear